REFLEXIÓN

La Conciencia

La conciencia, como cualidad moral, es la más poderosa de todas las fuerzas que posee un ser humano. Estamos dotados de otras cualidades igualmente importantes, como por ejemplo: Capacidad Intelectual, coraje, desprendimiento, lealtad, piedad… Todas ellas son parte integral e íntima de la conciencia. Esas cualidades conforman lo que somos y como interaccionamos con familiares, amistades, y la sociedad a que pertenecemos. Obviamente, todas tienen su contraparte que, como atributos humanos, despreciamos.

Disecar íntimamente la conciencia con fines de definirla es altamente complicado y escapa al propósito de este pequeño escrito; es algo que pertenece a un campo del conocimiento acerca del cual solo tengo leves nociones. Sin embargo, la opinión no me es ajena cuando trato de verter en algunas líneas lo que pienso. Sé que meto mis pies en tierra movediza al tratar de explicar algo que pertenece a los expertos; aun así me tomo el riesgo, por la razón mencionada anteriormente.


La fuerza de la conciencia consiste, primeramente, en describir lo que somos. Nadie puede coger prestada la conciencia de nadie para usarla durante un corto o largo tiempo. Es algo que sale de adentro, producto de una serie de factores, entre los que cabe mencionar las vivencias y la manera en que uno responde a esas experiencias.

Otro aspecto importante de la conciencia es que surge del individuo, aunque su valor puede–y diría yo, debe–transcender su origen y alcanzar niveles sociales.

La conciencia es inmune a las opiniones ajenas, porque cada ser humano tiene como monitor y regulador de sus acciones, al más estricto de los jueces: Esa voz interna que dictamina su inapelable sentencia con total apego a la verdad y la justicia. Esa voz que clama y obliga por una conducta intachable; hacer lo correcto, por la simple razón de que hacer lo correcto es lo correcto, perdonen la redundancia. No es el temor a un juez invisible, al infierno, o al descredito; simplemente, es aquella que nos guía, define, y muestra realmente lo que somos.

Nuestra presencia es fugaz. Es una visita corta al mundo que dejaremos atrás, tarde o temprano. Solo quedará el recuerdo–momentáneo e intrascendente–de lo que pensamos e hicimos con nuestra presencia. Sin embargo, es la mejor herencia que dejaremos a nuestros seres queridos.