Cual centauro que en contenida fuga dejara rodar sobre la humeante grupa su manto de sombras bordado de oro y teñido con sangre, arrastrándolo todo por encima de malezas que son bosques de robles corpulentos, y entre pedruscos que son montañas; así, paso tras paso, el crepúsculo se alejaba para hundirse en los abismos del espacio.


Sólo el aliento entrecortado del jardín- un jardín rebosante de rosas, gardenias, claveles, jazmines, flores todas de voluptuosidad y amor- interrumpía aquel silencio que nos rodeaba como los tapices de una alcoba cómplice.


Ella permanecía muda, abstraída, casi adusta. Su frente, tan pálida que imponía tristeza, era una breve y atormentada flor de lis agitada continuo por la impiedad de vientos encontrados.


Como en las paginas de un antiguo breviario de marfil-ya recorrido otras veces en pleno sol, y que ahora lo iluminaran dos cirios en agonía, !sus ojos!- yo leía en los angustiosos pétalos de la pálida flor de lis: ¡ al amor sucedía el espanto, al espanto otra vez el amor!… Y sus labios, fina margarita, parecían deshojarse en un leve murmullo: Sí… no… sí… hasta convertir los últimos pétalos en un desesperado ruego a Dios, al destino, a la Fatalidad: Sí… sí… sí…